Argentina. Agrotóxicos en el agua, la comida y en el microcentro: Buenos Aires fumigada

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Un incendio en un contenedor con sustancias químicas en el puerto de Buenos Aires obligó a los habitantes de la ciudad a inhalar gases tóxicos durante horas.

La sustancia que, al entrar en combustión, se expandió por el aire es un pesticida utilizado en el campo antes de la siembra de semillas de algodón, soja, maíz y frutales. Se trata de un insecticida categoría toxicológica II, moderadamente peligroso (clasificación que no incluye efectos químicos y toxicidad crónica).

Apenas una semana antes, el Río de La Plata se cubrió de manchas verdes fluorescentes, producto de bacterias microscópicas generadas por la presencia de los agrotóxicos que se utilizan en la agricultura, a lo a que, al entrar en combustión, se expandió por el aire es un pesticida utilizado en el campo antes de la siembra de semillas de algodón, soja, maíz y frutales. Se trata de un insecticida categoría toxicológica II, moderadamente peligroso (clasificación que no incluye efectos químicos y toxicidad crónica).

largo de la cuenca del plata, y que se trasladan por los afluentes de nuestros ríos. Estas bacterias tóxicas resisten a las plantas potabilizadoras.

Estos hechos son responsabilidad directa de los modales de un modelo que rocía cada año 300 millones de litros de agrotóxicos sobre nuestros campos, y que afecta a unas 12 millones de personas, entre las que se cuentan alrededor de 700 mil niños y niñas de escuelas rurales.

Dos anécdotas que sirven para comprender cuan cerca estamos de los pueblos y comunidades que sufren periódicamente las fumigaciones con agroquímicos sobre sus hogares y escuelas, como condición necesaria de las maneras de producir que se sostienen en nuestro país, a pesar de los terribles efectos que causan sobre la salud y la tierra.

No queremos que nuestro puerto,  nuestras calles y nuestro Río sean la puerta de entrada de un progreso que envenena, contamina y mata porque se puede producir de una manera sustentable y saludable, exigimos que no nos enfermen más con agrotóxicos. Tenemos derecho a elegir qué comer, saber qué comemos y cómo producir nuestros alimentos.

Esa misma nube tóxica que se respiró en el microcentro porteño apenas por unas horas, es la que cotidianamente respiran los chicos, maestros y trabajadores de nuestras escuelas fumigadas y la que enferma a los vecinos de los pueblos y campos que son literalmente pulverizados en sus hogares.

Es la que padecen los vecinos de nuestros barrios, que viven cercanos a vías del ferrocarril, fumigadas con glifosato. Y es la que comemos cotidianamente, en alimentos cargados de plaguicidas, pesticidas y herbicidas y bebemos de las napas de agua contaminadas. Porque lo que se produce allí, lo consumimos acá. Lo que pasa en el campo, afecta a nuestra ciudad.